En los últimos años Internet se ha convertido en un fenómeno que ha revolucionado nuestras vidas de un día para otro. Millones de personas han sentido como poco a poco esa palabra lejana y casi incomprensible ingresaba en su quehacer diario muchas veces de formas inesperadas. En menos de una década, la web ha saltado casi todas las barreras culturales, sociales y políticas que otros inventos contemporáneos, como la radio y la televisión, habían desafiado durante décadas.
Poco ha quedado de esa primera red estática concebida para transportar unos cuantos bytes para enviar un pequeño mensaje entre dos terminales o informar sobre la existencia de un libro en una biblioteca. Hoy libros enteros son transferidos en segundos, cantidades infinitas de información son cargados y descargados en este gigante electrónico.
Internet ha evolucionado considerablemente desde su creación allá por los años 50 y su popularización a mediados de los 90s, ha mutado y demostrado en varias oportunidades, en sus escasos años de existencia, ser un espada de doble filo. Se ha convertido en un aliado personal, una herramienta de trabajo, un escape a la realidad y hasta un arma de desinformación y destrucción de contenidos. Hoy tenemos la posibilidad de enviar información de un lugar del mundo a otro en segundos, realizar presentaciones en línea con gente que tal vez nunca conozcamos personalmente, compartir nuestras vidas a través de fotos, videos, sonidos y textos, vivir en un mundo paralelo como nos proponen algunos juegos, o simplemente desinformar sobre un concepto, idea, organización o persona que nos incomoda.
Hasta hace muy poco, Internet era un simple repositorio de información donde sólo aquellas personas capaces de entender y manipular código eran las encargadas de publicar y mantener contenidos mientras que el resto se debía conformar a formar parte del público consumidor resignado a la imposibilidad de intervenir directamente sobre el contenido ni enriquecerlo.
Cómo en varias ocasiones quedó demostrado durante la historia humana, los vientos de cambios soplaron alentados por la evolución tecnológica. Como un organismo vivo, la web creció, mutó, y creó un punto de inflexión que cambiaría para siempre el paradigma de comunicación anterior basado en el concepto emisor-mensaje-receptor, reemplazándolo por un modelo de retro alimentación permanente donde el mensaje es un ente vivo que se potencia o debilita en base a la importancia dada por su audiencia.
Aquellos primeros “internautas espectadores” se han reconvertido en partícipes fundamentales teniendo hoy la posibilidad de generar contenidos y expresar su agrado o repudio a los contenidos existentes. De esta manera, historias personales se convirtieron en públicas y temas locales se convirtieron en globales.
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